Mostrando entradas con la etiqueta palabras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta palabras. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2020

Nudos


Llagas de papel que se deshacen en una cesta de mimbre, escondida con cuidado tras el sonido de tus manos cerrándose, rozando palma y dedos, cosquilleo y calor, levitar y deshacer. Pluma de estornino, temblor y escalofrío, ojos vendados que hacen brotar de mis oídos un ramo de hierbaluisa, que calma los miedos y evapora las dudas. Madera de roble, pino y eucalipto, apilada en un intento de cinta de Moebius, giro inesperado, frío tiritante, hasta arder en mil diez pasos de pies descalzos sobre un cielo de hojas de otoño. Y el estornino pía, la madera crepita y en el papel se reescribe todo un silencio mientras te sigues acercando descalza, hasta llegar a mi altura, donde me abrazas y me susurras en orden asimétrico cada una de tus ciudades, deshaciendo con ello, poco a poco, cada uno de mis nudos.

domingo, 15 de marzo de 2020

El rompeolas

Celebramos aquella fiesta a pesar de la lluvia, cubriendo como pudimos las mesas con aquella lona vieja que estaba en la bodega llena de polvo y que nunca pensábamos que fuéramos a dar uso. La tensamos atándola a las ramas de los árboles, y le dimos cierta inclinación para que el agua cayera y no se acumulara en el centro. Pusimos la mesa entre todos, y Elena colocó los altavoces para tener música de fondo. Durante la velada se notaba que nos habíamos echado de menos, aunque esta vez de forma más especial. Nos reímos recordando anécdotas de todo tipo, sin importarnos volver a escuchar esas que siempre repetíamos cada año. Quizás todos esos recuerdos algún día queden escritos, pero por ahora Iván está ocupado con su novela y es el único que creo que se puede animar a pasarlas al papel. En un futuro. Yo le empujé a ello, como cada año, pero esta vez con algo más de insistencia. Pensé que esa ausencia que no nos esperábamos hace unos meses le daría más razones para hacerlo. Él me sonrió y me respondió lo mismo de siempre, “Lo haré, cuando la idea de cómo plasmarlo en papel esté en mi cabeza”. Esta vez le vi más dispuesto, no sé si por mi voluntad a querer que ocurriera o porque realmente se había decidido a hacerlo.
Atardecía y había dejado de llover, sonaba Lobo amigo, de Club del río con Ede, y una brisa que removió las ramas de los árboles me recorrió el cuerpo por dentro, con una calidez inmensa. Recordé ese abrazo que siempre me daba por la espalda mientras tomaba el café, y que me alejaba aún más de cualquier preocupación que pudiera tener. Cerré los ojos y sonreí, porque esa brisa no era lo mismo que su presencia, pero me envolvió en una gran tranquilidad. Abrí los ojos y miré a Iván, y creo que él también se dio cuenta de lo que se pasaba por mi cabeza, porque me sonrió y cogió mi mano con cariño. Quedaba poco para que el sol se ocultara tras la casa, y las hojas del roble se transparentaban con un color anaranjado.
 En un momento de silencio miré a todos, y les dije con nostalgia que echaba de menos el sonido de su vespa naranja cuando se iba, despidiéndose con la mano, moviendo los dedos como si estuviera tocando las teclas de un piano, y poniendo caras para hacernos reír. Nosotros le decíamos que la pintara, que parecía el repartidor del butano pero en pequeñito en ese trasto, y él se reía, y nos repetía que ni de coña, que a él le gustaba así. Siempre se iba el primero, tenía un recado o algo que hacer, y con los años dejamos de insistirle en que se quedara, porque al fin y al cabo no nos iba a hacer caso. Un día, estando los dos solos, le pregunté cuáles eran esos planes tan ineludibles. Me confesó que la mayoría de las veces eran mentira, y solo ponía excusas para poder irse hasta el rompeolas antes de que se pusiera el sol. “Allí”, me decía, “puedo estar horas pensando en mis cosas, o en todo lo que he hablado esa tarde con vosotros, hasta que me doy cuenta de que estoy temblando de frío y ya ha oscurecido, y aún me toca volver a casa con la moto. Siempre acabo con fiebre cuando quedamos todos”. Y se reía a carcajadas. Esa risa es una de las cosas que más voy a echar de menos. Creo que ha valido la pena volver a vernos. Por estar todos juntos, por no olvidarle. Aunque eso último es imposible. El hueco que deja lo cubre su recuerdo. Y nos empapa e inunda por dentro, como esas olas que chocan con las rocas en el rompeolas y que tanto le gustaban.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Astillas


Ella escarba en la intimidad de su interior. Resuena la grava que envuelve sus costillas, y se arrullan en su médula las palabras que se amalgaman a cada paso, en cada caída, en cada levantarse. Y en las páginas que escriben su pasado pueden verse pequeños retazos de dolor, letras que escoge cuidadosamente y convierte, con sutileza, en un desmesurado hundimiento que lleva al lector a un estado de empática soledad, de miedo irracional al vacío. Y así, con una delicadeza de orfebre, crea un mundo donde muchos podrían esconderse, pocos conocen y apenas media docena de ojos han podido sumergirse. En esa pequeña habitación con una ventana de madera astillada, con un irónico y más que certero parecido a su corazón.

lunes, 6 de agosto de 2018

Vivos


Todo lo que somos se esconde en una partitura de corcheas desacompasadas. Papeles en blanco de notas que conservamos por si alguna vez. Restos de polvo en la ropa, que desgastamos y acabamos guardando en el fondo del cajón. Ahora somos polvo y ya no queda más que la imperceptible idea de lo que fue y ya no está. Ahora somos nada vestida con colores claroscuros, teñida de un azul tan grisáceo que enarbola todos los cuentos que transcurren en Siberia. Somos la palabra impresa en papel del miedo a lo venidero, del dolor presagiado, del sonido ya conocido del viento, el grito, la soledad alargando la agonía. Somos todo eso. Y eso es lo que nos mantiene vivos.

domingo, 11 de febrero de 2018

La herida


 La escarcha se mantiene intacta sobre los pequeños arbustos desde la madrugada anterior, y la arena cruje, como a punto de romperse, pero aguantando el envite, quedando apelmazada. Dejando las huellas de unos pies descalzos, continúa caminando hasta que llega a la orilla, donde siente en sus dedos el agua helada como pequeñas agujas, y se para durante unos segundos, mirando al cielo. Respira. Cierra los puños y aprieta con fuerza los dientes. Y se adentra, despacio, en la inmensidad azul. Su cuerpo, desnudo y blanco por el frío, como de porcelana, se va sumergiendo poco a poco, hasta que una capa de líquido lo bordea a la altura del pecho. Cierra los ojos y se concentra en controlar la respiración, aclimatando su cuerpo. Pasan los minutos, en los cuales el silencio sólo se ve interrumpido por el sonido de las olas, chocando con fuerza contra las rocas en su crecida de la marea, mientras el vaho que sale de su boca se pierde con una pequeña brisa. Todo es calma. Quietud. Hasta que la nada que llenaba su mente comienza a quebrarse. Basta una imagen, un simple retazo de una vida que ya no existe para romper esa paz ficticia. Cierra los ojos, en un acto reflejo inútil para evitar el remolino de imágenes inevitablemente nítidas. Y antes de que el escalofrío recorra todo su cuerpo, de que el temblor que lo atenaza se una en un abrazo a traición con la realidad, coge aire y se sumerge. El frío le rodea, envolviendo todo su cuerpo. Las lágrimas brotan, y tal y como nacen desaparecen en una conjunción perfecta de salinidad con el mar. Y bajo el agua grita, grita a la nada para que vuelva a su mente, a la memoria para que se aleje. Grita al miedo, ahora un siamés unido a su cuerpo, para arrancarlo de cuajo. Le quema el pecho, y es por falta de aire, por la necesidad de sobrevivir y agarrarse al último vestigio de oxígeno. Quema. Bajo el agua fría, helada, quema la herida que tarda en cicatrizar.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Calma

A través de la ventana sólo la luz traspasa a la habitación, el ruido se queda fuera. Sombras proyectadas en armonía con el leve y acompasado respirar. Piernas entrelazadas, deshaciendo toda simetría. La piel, morena y desnuda, en contacto con las sábanas por puro desliz. El pelo en desorden, libre. Y la mente viajando, ajena al mundo, en ensoñaciones que resbalan por las sienes, recorriendo hombros, pecho y cintura para impulsarse y acabar volando lejos de esa cama. Y me quedo quieto, inmóvil, observando. Dejando constancia a mis retinas de este momento. Dormida y alejada de toda incertidumbre, eres calma. Eres calma trastocando todas mis ideas del amor.

jueves, 27 de julio de 2017

Letargo

Los ojos se abren y el vientre oxidado se resiente ante el primer movimiento de espiración. Rasga, araña la piel y retiene un hilo de luz entre polvo y silencio, donde todo había quedado sepultado. Ahora resurge, impertérrito. Sin miedo. Se resquebraja la raíz, brotando de nuevo, sin más testigo que la noche. Y con sigilo, vuelven las palabras. Vuelve la insaciable sed de voltear lo de dentro, lo que las entrañas esconden, al papel. Y el letargo, ajeno al tiempo, llega a su fin.

domingo, 20 de marzo de 2016

Madame Bovary


Y la bruma golpeaba toda incertidumbre, al borde de la inconsciencia y el baile a dos de la última luna llena de la noche. Terminación en salitre, principios aislados en vacío, y pasos al ritmo del viento. Sedientos, ardemos. Y no nos conformamos. El eco vuelve. Entrelazando el cielo a las metáforas de unos labios pintados a las seis, en la madrugada todos duermen, y yo me acuerdo de ti.

martes, 15 de marzo de 2016

La ventana


Llevaba toda la mañana sentada en la silla, frente a la ventana. Sólo el renqueante vaivén de su pecho daba a entender que aún quedaba vida en ella, aunque sólo fuera en el más recóndito interior. Sus ojos, vacíos ya de esperanza y lágrimas, hibernaban junto al brillo que hace tan poco tiempo nivelaba la oscuridad del mundo, que ahora se mostraba ganadora de la batalla. Una batalla sucia, que había comenzado y terminado al mismo tiempo con un golpe certero que nadie esperaba. Me acerqué con pasos lentos, haciendo sonar el suelo de madera para que notara mi presencia, pero a pesar de ello no se movió. Cuando llegué a su lado posé mi mano en su hombro, con levedad, con miedo y prudencia, como si fuera de un cristal frágil y fino como la superficie de un mar en calma. Mantuve en esa posición la mano, notando su piel templada, durante un tiempo del que perdí noción, intentando no sé qué exactamente. Estaba ahí, a mi lado, y la tocaba, pero realmente estaba lejos, perdida. Esa mano que descansaba en su hombro sólo buscaba dar cuerda a la vida, devolver al tiempo a su lugar, enterrar el dolor. Comencé a notar lágrimas cayéndome por la cara, que llegaban a mi boca donde la salinidad se mezclaba con las palabras no dichas, las palabras que no salen porque se saben impotentes. Antes de que la mano comenzara a temblarme la aparté, quizás con demasiada brusquedad, y salí de la habitación con la desesperanza ahogándome, volviendo la mirada antes de cruzar la puerta. Por la ventana entraba una luz cálida, impávida, que se reflejaba en un cuerpo con un interior en ruinas.

domingo, 28 de febrero de 2016

Réquiem


Palpita el pulso por mis dedos
que bailan al viento en tu despedida
y acompasan la música sibilante
del réquiem echando raíz.
La vida siguiéndote.
Mientras, yo inmóvil.

jueves, 5 de noviembre de 2015

En la ciudad


Corre. Rompiendo los posos que dejó la niebla y la sal de las lágrimas. Huye y despoja el dolor con un grito de seiscientos cuarenta y dos hilos de voz, con la certeza de que tras el silencio siempre habrá un camino. Retén en tu puño el pulso, y que roce cada canción que levita en los oídos de la gente que camina a tu alrededor. Y di adiós. Y vuela libre. Que explote el pecho. Y resuenen los latidos en la ciudad.

domingo, 11 de octubre de 2015

Tulipanes


Odio a mi puta cabeza. Sobre todo las noches, las malditas noches en las que el sueño se esconde y no aparece. Ahí el cerebro se convierte en ferrocarril, sin paradas, sin una sucia pausa para repostar. Y me carcome, me golpea, me deshace y me traspone a un abismo de pensamientos, donde cada uno tiene su espacio reservado para pasearse libremente por mi sien. Es un puto club privado de ideas que van con lanza en ristre y una pistola en la otra mano para rematarme si me queda algún atisbo de tranquilidad. Y caigo de forma exhausta, después de horas, tras haber bailado el agua a cada idea que acariciaba con cuchillas afiladas mi cabeza. Mi puta cabeza.
Hoy he estado en el cementerio. Te he dejado un ramo de tulipanes, tus flores favoritas. Aunque realmente ha sido por apariencias, debo mantener la idea de tristeza a mi alrededor. Pero aún así sonrío, sonrío cuando estoy frente a tu lápida. Seguramente alguien me habrá visto, pero lo atribuirá a que estaré recordando momentos felices a tu lado. Y vaya si lo hago. Cada vez que te visito recuerdo tu sangre, borboteante, frenética, al ritmo de tus latidos que buscaban la vida que se te iba por la garganta. Y tus ojos, tus ojos cada vez más vidriosos, huidizos, buscando alrededor algo a lo que aferrarse antes del fin. Luego fue fácil encubrirlo, lo tenía planeado desde hace tiempo, no creas. Pero eso ahora no importa. Lo que necesito ahora es paz, tranquilidad. Y estos malditos pensamientos no me lo permiten, me repiten que necesito más sangre, que necesito calmar mi adicción. Me mudaré. Aires nuevos, nueva vida, alejarse de todo, encajará. Y allí donde nadie me conozca buscaré la forma de tranquilizar de nuevo los deseos que abarrotan mi puta cabeza.

miércoles, 29 de julio de 2015

Cierra los ojos


¿Cómo seguir adelante cuando toda tu vida desaparece, sin dejar rastro ninguno del pasado?¿Qué hacer ante la adversidad de tener que buscar un camino entre escombros cuando creías tener todo atado y bien ordenado, cuando te das cuenta de que vivías equivocado? Todo en tu mente se desmorona, y provoca como primer punto el shock. No hay más, te dices, todo era mentira. Y ahí, en caída libre, se te revuelven las tripas y cierras los ojos. Sabiendo el futuro golpe, la rotura asegurada. Y no hay cosa más valiente que sentir miedo, no hay cosa más humana que cerrar los ojos y llorar.


sábado, 18 de julio de 2015

Bienvenidos



Bienvenidos al desastre
al derrumbe en implosión
al pasado
al ayer.
A las ciento cuarenta palabras
de una poesía
sin rima ni verso
sin métrica y sin salvación.
Bienvenidos al olvido
al baile de la súplica
con la locura
al paseo de un invierno
por el estallido
de la garganta de los cuerdos.
A la sepultura de la lluvia
ahogada en el recuerdo
del fuego ardiendo
quemando la razón.
Bienvenidos a las balas
que atraviesan la luna a pleno día
y rompen más allá
de una simple tregua.
Al tambalear de unos acordes
en plena caída
a pleno pulmón
en el interior de una metáfora
sin sentido.
Bienvenidos
a las ruinas de mis letras
al final del silencio
y el principio de la tormenta.
Bienvenidos.
Pasen y vean
y no destrocen más
de lo que ya ven
a sus pies.


viernes, 12 de junio de 2015

Sal al balcón

Y que llueva
Y se inunde la tristeza 

martes, 28 de abril de 2015

Nada


Gotas azules tambaleándose en mi sien que vienen y van, llevando por cada pensamiento un cielo, por cada sentimiento una aguja y por un latido todos mis gritos enlatados en un bote de tomate triturado. Remito tus cartas a Francia, y luego las quemo. Esparzo las cenizas en tierra quemada, como si fueran semillas a punto de brotar, creando un árbol acorde a Fibonacci, perfecto, deletéreo, injustamente inverso a tu mirada. Juego a cara o cruz con sus hojas y luego escalo por sus ramas hasta lo más alto, para sin más lanzarme, zambullirme, retarme en picado a tu espalda y en oblicuo a tu filo. Herida sobre cicatriz, sangre goteando al suelo en perfecta gravedad, pero asíncrona al reloj de la habitación donde estaba encerrado el tiempo que todo lo cura, que todo lo expande, que todo lo comprime, lo evita, lo esconde, lo protege, que todo, todo, todo...
Que nada.


viernes, 13 de febrero de 2015

Tiemblo


Y hago sombras con mis manos
a la luz de tu cuerpo.
Y hago letras también
con las que creo un idioma
donde latido y corazón
son sinónimos y fábula.
Y te nombro
me miras
y tiembla el cielo
el viento
y los miedos.
Y tiemblo yo
pobre de mí
tiemblo
y no hay forma de pararlo
no hay forma
de dejar de sentir
el mundo a un paso
y el temor a huir.


viernes, 23 de enero de 2015

Caos


Puedo ser destructivo. Serlo ahora mismo, justo en este momento. Decirte una frase que te destroce por dentro, que te haga mirarme con cara de loca pensando la forma más fácil de arrancarme la cabeza. Y en cambio aquí estoy, en silencio. Observando las nubes moverse lentamente, tapando en ocasiones al sol y haciendo que la brisa sea más fría durante unos segundos. Mordiéndome la lengua, siendo cauto. Y todo por el amor. Por esa puñetera estupidez del amor que me ha comido por dentro y me ha hecho vulnerable a tu mirada.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Parpadeo


Despierto. El silencio martillea mis oídos haciéndome partícipe de la atmósfera contenida que gobierna la habitación. Noto mi respiración pausada, que se entrecorta al notar el olor a sangre. La oscuridad se cierne sobre mí aun con los ojos abiertos, y el tragar saliva bajo mi garganta se convierte en un abucheo de masas. Parpadeo. Oigo el grifo sibilante del baño contiguo. Muevo los brazos instintivamente, y noto el quemazón en las muñecas de la sujección que me ata a la cama. Incluyo en la lista de estupideces el movimiento de mis piernas, notando como lo que sujeta mis tobillos se interna más en mi piel, removiendo la sangre seca. El cerebro me traduce un "qué cojones haces" con dolor, y mi voz resquebrajada le responde con un suspiro cansado y un par de lágrimas sin ápice de emoción. Comienzo a sudar. Parpadeo. El grifo ha parado. Noto como se acentúan mis latidos, recorriendo mi cuerpo, recreándose en las zonas atadas de mis extremidades. Más lágrimas recorren mis mejillas y se lanzan al colchón. Estoy atrapado. No sé cuanto tiempo llevo aquí. A veces despierto y creo estar muerto, hasta que noto las punzadas de dolor al moverme. Dolor. El dolor me ata a la vida. Eso y una cama de ochenta por ciento noventa. Se oyen pasos, la llave en la puerta.
Cierro los ojos.

martes, 26 de agosto de 2014

Historias


Ella tendría unos 24 años cuando entró por primera vez en mi habitación y fue directamente al fondo. Cogió una de mis novelas del armario empotrado, entre todas las que lo abarratoban y llegaban hasta prácticamente el techo. Se sentó en la cama pensativa y abrió la primera página. Sonreí. Tras ello fui a la cocina a por unas galletas y un par de vasos de zumo de naranja. Lo preparé todo con tranquilidad y cuando volví a la habitación estaba absorta, leyendo y obviando todo lo que pudiera ocurrir a su alrededor. Me senté a su lado y le ofrecí una galleta. Era de sus favoritas, una mezcla de nata y pepitas de chocolate con las que a veces la embaucaba sabiendo que eran todo un vicio para ella. No me contestó, así que se la volví a ofrecer, y ante su nula respuesta confirmé todas mis sospechas. La tenía atrapada en mis historias.