—A veces no soporto que el tiempo pase tan deprisa.
S caminaba por mi habitación, buscando un disco entre mi colección para ponerlo de fondo. Esa tarde íbamos a ir al cine que hacía esquina al lado de mi casa, y como inexplicablemente había llegado demasiado pronto, subió a mi pequeño piso para esperar juntos a que llegara la hora de la proyección. A pesar de notar cierto enfado en su voz, sabía que era uno de esos momentos en los que S comenzaba a reflexionar sobre algún tema que le rondaba por la mente, así que no dije nada, esperando a que continuara hablando.
—Es una sensación de impotencia, ¿sabes? Un día estás tumbada en la cama, cavilando sobre todo lo que está ocurriendo en tu vida, y de pronto te abruma darte cuenta de la incertidumbre que te rodea. ¿Qué ha quedado de ese futuro que una vez imaginaste? Eso que pensabas alcanzar con toda la seguridad del mundo. Vivimos con unas expectativas que hemos creado en nuestra cabeza con toda la certeza de que van a ocurrir tal y como las pensamos, como en un guion de película de Hollywood, y no es así. Y cuando no ocurre nos machacamos, intentamos buscar el error que nos ha llevado hasta ese final que no esperábamos, y el error no es más que la vida. Es la vida dándonos uno de los caminos de los tantos que había como posibles. Pero seguimos pensando que el que nos ha tocado es el incorrecto.
S eligió finalmente Manual para los fieles, de Piratas, y lo puso en la minicadena. Tras el instrumental inicial de unos segundos, comenzó a sonar Fecha caducada.
—Por eso nos gustan algunos libros que nos llevan de la mano hacia el fracaso de los protagonistas. Disfrutamos, en cierta manera, sumergiéndonos en su derrota, genera empatía.
Se acercó a mi estantería repleta de libros y cogió uno al azar. A través de la noche, de Stig Sæterbakken. Sonreí ante la casualidad de la relación entre lo que me estaba diciendo y aquella historia.
—Y la felicidad —continuó mientras leía la contraportada de forma distraída—, la falsa felicidad, aborrece.
Me acomodé sentándome en la cama y le contesté.
—¿Por eso dejaste de seguir a esa influencer de Instagram el otro día?
—Por eso y por los batidos. No se puede ser tan feliz tomando todos los días batido de plátano y huevo.
lunes, 11 de febrero de 2019
Conversaciones con S (V)
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domingo, 13 de mayo de 2018
Conversaciones con S (IV)
La luz de una lámpara de araña iluminaba la estancia de aquella pequeña librería que encontramos de casualidad, en una esquina de alguna de esas calles por las que nos perdíamos en nuestras tardes de paseo. S deslizaba sus manos por los lomos de los libros de una de las estanterías, con delicadeza, como si fueran cachorros de perros recién nacidos, mientras leía los títulos con la cabeza ladeada y cierta expresión de concentración.
—Es abrumador…
—¿El qué?— le contesté.
—Todos estos libros… No solo contienen la historia que tienen en su interior, en sus letras, sino también lo que no se cuenta, lo que ocurría mientras era escrito, por ejemplo. Y pensarlo es abrumador. ¿Qué sucedía mientras esta autora estaba escribiendo el cuarto capítulo? ¿En su mente ya tenía formado el final, o lo cambió por algo inesperado que le pasó días después? ¿Su escritura la movía la tristeza, o una felicidad que luego se fue diluyendo haciendo el libro más oscuro? ¿Y lo borrado, lo tachado, lo que en un momento de poca inspiración decidió eliminar, realmente debía ser olvidado? ¿Y esa casa vacía que la protagonista del libro encuentra en su huida y tan pronto como sale de allí desaparece para siempre de la trama, qué historia tiene detrás? ¿Se esconde alguien de su entorno en alguno de los personajes? ¿Y qué hay de verdad en cada uno de ellos?… Todo son caminos, que van formando nuevos caminos… Historias que bien podrían formar otros libros.
—Tienes razón… Visto así es bastante abrumador— le respondí, cavilando sus palabras.
De pronto, la luz de la lámpara se apagó, dejándonos en una penumbra donde solo podíamos ver nuestras sombras y las de los libros a nuestro alrededor. Miramos por la cristalera de la librería hacia la calle, comprobando que también se habían apagado en el exterior. S se acercó a mi oído y me susurró:
—Creo que esto puede ser el comienzo de una de esas historias, y espero que no sea de terror.
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domingo, 14 de febrero de 2016
Conversaciones con S (III)
—Al final tenías razón, es la típica que ponen todos los años en San Valentín.
Estábamos en casa de S, y acabábamos de ver una película que habían anunciado durante toda la semana “para ese día tan especial”. S insistió en verla a pesar de mi reticencia.
—Te lo dije, puro pasteleo. No sé como alguien puede pensar que esto puede ser real.
—La verdad es que hay quien consume el amor a mordiscos... No se sacian, y lo agotan por pura avidez, por gula. Bucean en él a pleno pulmón, hundiéndose en la más recóndita profundidad que estas películas venden como la idealidad. Y lo malo es que cuando llega la calma, la realidad, quieren volver a respirar, pero ya están lejos, a kilómetros de la superficie, y allí esos pulmones se quedan sin aire y el corazón deja de latir.
S cerró los ojos, como intentando recordar algo.
—“En ese punto intenso de cocción en que el agua hierve, se acaba pronto el caldo en la cazuela y se chamusca el puchero que con tanta ilusión estabas preparando. El ardor sólo sirve para achicharrar las cosas”, escribió Chirbes en su novela “En la orilla”.
Me quedé en silencio, pensando en la frase. Al cabo de un rato me dispuse a contestar, pero cuando la miré estaba dormida con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá. Me levanté con cuidado y le puse su cojín con estampado de libros bajo la cabeza, la tapé con una manta y apagué la televisión. Me puse el abrigo y la bufanda, y salí sin hacer ruido de su casa, al frío invierno de febrero.
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domingo, 15 de marzo de 2015
Conversaciones con S (II)
— Tengo miedo.
S y yo estábamos en la terraza de una cafetería céntrica de Madrid, tras haber callejeado durante un par de horas en busca de la primera edición de un libro. No lo habíamos encontrado, y decidimos hacer un descanso antes de volver en su búsqueda. Tras habernos servido el camarero un par de cafés, S me hizo esa afirmación.
— ¿Miedo de qué?—le contesté, ya que ella no continuó la frase.
— De echar demasiado de menos el amor.
Me acomodé en la silla y le pregunté:
— ¿Demasiado?
— Sí, demasiado...—continuó— De echarlo tanto de menos que un día llegue una ilusión parecida al amor y me tire por la borda con todo el equipaje, incluida la razón. Que me sumerja, me hunda y no haga esfuerzos por flotar, con la seguridad de que puedo respirar, sin miedo a nada, sin miedo al dolor. Ese dolor que ya hizo estragos en mí una vez, y que con ese pequeño rayo de luz se desvanezca. Tener delante una hoja en blanco y que de una pequeña gota de ese océano, al que dejaría actuar sobre mí a su merced, surjan 20.000 palabras de viaje submarino al fondo de mis entrañas, de mi alma, que renueven, que hagan surgir historias de un minuto y sueños compartidos más allá de lo que una puede ser capaz de escribir. Que las dificultades fueran como una montaña de libros que sólo puedes sortear leyendo todos y cada uno de ellos, y parezcas invencible ante ello. ¿Quién no querría los problemas de esa forma? Pero que sin más y de pronto, cuando creas que todo es perfecto, entre esa montaña aparezca "50 sombras de Grey".
S se quedó pensativa mirando su café.
— Pero en el amor también pueden surgir grandes dificultades, ¿no? —le dije.
Me miró a los ojos con expresión seria y contestó:
— Sí. Pero no puedes quemarlas.
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jueves, 2 de octubre de 2014
Conversaciones con S (I)
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