domingo, 11 de febrero de 2018

La herida


 La escarcha se mantiene intacta sobre los pequeños arbustos desde la madrugada anterior, y la arena cruje, como a punto de romperse, pero aguantando el envite, quedando apelmazada. Dejando las huellas de unos pies descalzos, continúa caminando hasta que llega a la orilla, donde siente en sus dedos el agua helada como pequeñas agujas, y se para durante unos segundos, mirando al cielo. Respira. Cierra los puños y aprieta con fuerza los dientes. Y se adentra, despacio, en la inmensidad azul. Su cuerpo, desnudo y blanco por el frío, como de porcelana, se va sumergiendo poco a poco, hasta que una capa de líquido lo bordea a la altura del pecho. Cierra los ojos y se concentra en controlar la respiración, aclimatando su cuerpo. Pasan los minutos, en los cuales el silencio sólo se ve interrumpido por el sonido de las olas, chocando con fuerza contra las rocas en su crecida de la marea, mientras el vaho que sale de su boca se pierde con una pequeña brisa. Todo es calma. Quietud. Hasta que la nada que llenaba su mente comienza a quebrarse. Basta una imagen, un simple retazo de una vida que ya no existe para romper esa paz ficticia. Cierra los ojos, en un acto reflejo inútil para evitar el remolino de imágenes inevitablemente nítidas. Y antes de que el escalofrío recorra todo su cuerpo, de que el temblor que lo atenaza se una en un abrazo a traición con la realidad, coge aire y se sumerge. El frío le rodea, envolviendo todo su cuerpo. Las lágrimas brotan, y tal y como nacen desaparecen en una conjunción perfecta de salinidad con el mar. Y bajo el agua grita, grita a la nada para que vuelva a su mente, a la memoria para que se aleje. Grita al miedo, ahora un siamés unido a su cuerpo, para arrancarlo de cuajo. Le quema el pecho, y es por falta de aire, por la necesidad de sobrevivir y agarrarse al último vestigio de oxígeno. Quema. Bajo el agua fría, helada, quema la herida que tarda en cicatrizar.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Calma

A través de la ventana sólo la luz traspasa a la habitación, el ruido se queda fuera. Sombras proyectadas en armonía con el leve y acompasado respirar. Piernas entrelazadas, deshaciendo toda simetría. La piel, morena y desnuda, en contacto con las sábanas por puro desliz. El pelo en desorden, libre. Y la mente viajando, ajena al mundo, en ensoñaciones que resbalan por las sienes, recorriendo hombros, pecho y cintura para impulsarse y acabar volando lejos de esa cama. Y me quedo quieto, inmóvil, observando. Dejando constancia a mis retinas de este momento. Dormida y alejada de toda incertidumbre, eres calma. Eres calma trastocando todas mis ideas del amor.

jueves, 27 de julio de 2017

Letargo

Los ojos se abren y el vientre oxidado se resiente ante el primer movimiento de espiración. Rasga, araña la piel y retiene un hilo de luz entre polvo y silencio, donde todo había quedado sepultado. Ahora resurge, impertérrito. Sin miedo. Se resquebraja la raíz, brotando de nuevo, sin más testigo que la noche. Y con sigilo, vuelven las palabras. Vuelve la insaciable sed de voltear lo de dentro, lo que las entrañas esconden, al papel. Y el letargo, ajeno al tiempo, llega a su fin.

domingo, 20 de marzo de 2016

Madame Bovary


Y la bruma golpeaba toda incertidumbre, al borde de la inconsciencia y el baile a dos de la última luna llena de la noche. Terminación en salitre, principios aislados en vacío, y pasos al ritmo del viento. Sedientos, ardemos. Y no nos conformamos. El eco vuelve. Entrelazando el cielo a las metáforas de unos labios pintados a las seis, en la madrugada todos duermen, y yo me acuerdo de ti.