domingo, 10 de septiembre de 2017

Calma

A través de la ventana sólo la luz traspasa a la habitación, el ruido se queda fuera. Sombras proyectadas en armonía con el leve y acompasado respirar. Piernas entrelazadas, deshaciendo toda simetría. La piel, morena y desnuda, en contacto con las sábanas por puro desliz. El pelo en desorden, libre. Y la mente viajando, ajena al mundo, en ensoñaciones que resbalan por las sienes, recorriendo hombros, pecho y cintura para impulsarse y acabar volando lejos de esa cama. Y me quedo quieto, inmóvil, observando. Dejando constancia a mis retinas de este momento. Dormida y alejada de toda incertidumbre, eres calma. Eres calma trastocando todas mis ideas del amor.

jueves, 27 de julio de 2017

Letargo

Los ojos se abren y el vientre oxidado se resiente ante el primer movimiento de espiración. Rasga, araña la piel y retiene un hilo de luz entre polvo y silencio, donde todo había quedado sepultado. Ahora resurge, impertérrito. Sin miedo. Se resquebraja la raíz, brotando de nuevo, sin más testigo que la noche. Y con sigilo, vuelven las palabras. Vuelve la insaciable sed de voltear lo de dentro, lo que las entrañas esconden, al papel. Y el letargo, ajeno al tiempo, llega a su fin.

domingo, 20 de marzo de 2016

Madame Bovary


Y la bruma golpeaba toda incertidumbre, al borde de la inconsciencia y el baile a dos de la última luna llena de la noche. Terminación en salitre, principios aislados en vacío, y pasos al ritmo del viento. Sedientos, ardemos. Y no nos conformamos. El eco vuelve. Entrelazando el cielo a las metáforas de unos labios pintados a las seis, en la madrugada todos duermen, y yo me acuerdo de ti.

martes, 15 de marzo de 2016

La ventana


Llevaba toda la mañana sentada en la silla, frente a la ventana. Sólo el renqueante vaivén de su pecho daba a entender que aún quedaba vida en ella, aunque sólo fuera en el más recóndito interior. Sus ojos, vacíos ya de esperanza y lágrimas, hibernaban junto al brillo que hace tan poco tiempo nivelaba la oscuridad del mundo, que ahora se mostraba ganadora de la batalla. Una batalla sucia, que había comenzado y terminado al mismo tiempo con un golpe certero que nadie esperaba. Me acerqué con pasos lentos, haciendo sonar el suelo de madera para que notara mi presencia, pero a pesar de ello no se movió. Cuando llegué a su lado posé mi mano en su hombro, con levedad, con miedo y prudencia, como si fuera de un cristal frágil y fino como la superficie de un mar en calma. Mantuve en esa posición la mano, notando su piel templada, durante un tiempo del que perdí noción, intentando no sé qué exactamente. Estaba ahí, a mi lado, y la tocaba, pero realmente estaba lejos, perdida. Esa mano que descansaba en su hombro sólo buscaba dar cuerda a la vida, devolver al tiempo a su lugar, enterrar el dolor. Comencé a notar lágrimas cayéndome por la cara, que llegaban a mi boca donde la salinidad se mezclaba con las palabras no dichas, las palabras que no salen porque se saben impotentes. Antes de que la mano comenzara a temblarme la aparté, quizás con demasiada brusquedad, y salí de la habitación con la desesperanza ahogándome, volviendo la mirada antes de cruzar la puerta. Por la ventana entraba una luz cálida, impávida, que se reflejaba en un cuerpo con un interior en ruinas.